Amigos de Carta Abierta
martes, 31 de marzo de 2009
Un adelanto del Libro de Forster
“El laberinto de las voces argentinas” Ricardo Forster. Noviembre 2008. Ediciones Colihue
(ARGENTINA: MÁS ALLÁ DEL DESENCANTO)
1
Las sombras últimas del desencanto van cayendo sobre los restos de un país que se imaginó a sí mismo habitando un futuro promisorio, de un país que se lanzó a la historia sintiéndose portador de una promesa cuyo cumplimiento estaba garantizado más allá de las circunstancias y de los acontecimientos. El mismo devenir iría realizando ese destino escrito desde los orígenes dándole forma al país soñado mucho antes siquiera de que los primeros trazos de su formulación hubieran sido diseñados en los albores de su derrotero por el tiempo. Un país vuelto futuro sin haber consolidado su pasado, desbordado de seguridad en sí mismo aún cuando las peripecias de su desarrollo le estuvieran marcando las alertas que no estaba en condiciones de advertir, y mucho menos de pensar. Desde ese estado de gestación, allí donde en medio de una nada ejemplar se instaló la certeza de un futuro, la Argentina se vislumbró desde su etimológica riqueza fantasmagórica que, pecado de inicio, destacaba un extraordinario equívoco: la plata estaba en otro lado. Es decir, en el descubrimiento-fundación se levantó el mito de una riqueza inconmensurable a la que solo había que recoger. Extraña geografía cuya desolación escondía, para el ojo atento, aquel que alimenta sabia¬mente la imaginación, los increíbles tesoros de una Atlántida perdida y por fin encontrada. Literalmente fuimos hijos de un mito que definió, desde el comienzo, la orientación de nuestro derrotero, clavando, allí donde todavía todo estaba por hacerse, la puñalada de una riqueza fundacional que, con el tiempo, se convertiría en una herida envenenada. Fuimos ricos antes de serlo, imaginamos una cuna de oro que garantizaría la vida de las generaciones venideras, las que simplemente tendrían que aprovechar lo que desde siempre estuvo aquí, casi al alcance de la mano, a la espera de aquellos que sabrían recoger lo que los nativos, borrados, no supieron recoger (en su salvajismo vivían encima de un tesoro sin siquiera saberlo). Los fantasmas de la imaginación se adelantaron a los primeros viajeros¬aventureros-conquistadores que llegaron a estas costas, y antes de que pusieran un pie en tierra ya habían determinado lo que iban a encontrar; e inclusive cuando la desolación se les apareció con toda su crudeza siguieron dándole cauce a las mieles de esas fantasías desbordantes de oro y plata que les habían precedido. Los primeros sortilegios alegraron sus corazones al comprobar que existía un mar de agua dulce y que esa presencia de lo inconcebible no podía tener otra significación que la existencia, en las entrañas de esas costas inéditas, de riquezas inimaginables. La dulzura del agua presagiaba el brillo de los metales preciosos. Lo que Solís no imaginó era que en una de las márgenes de ese río-mar edénico lo estaría esperando el ritual primitivo de una muerte canibalezca. Paradoja del comienzo: el dulzor del agua se convertiría en el amargor de una pesadilla antropofágica. El primer portador de un sueño que llegó a estas tierras lejanas terminaría alimentando a los habitantes de un tiempo mítico, cuyo primitivismo adquiría la forma salvaje del canibalismo. Solís y algunos de los suyos serían el último acto de resistencia de una cultura a la que le esperaba, en un futuro muy próximo, la muerte inexorable. Encuentro fallido de un discurso desbordado de fantasías, que encontraba lo que previamente había decidido que encontraría, y el resto de un mundo en retirada que, como gesto de despedida y de anticipa¬ción, devoraría al sujeto de la ilusión. En la margen oriental del río-mar fueron devoradas las primeras esperanzas que se posaron sobre estas tierras despojadas, en verdad, de cualquier atisbo de riqueza. Quizás lo que no comprendieron los que vinieron después es que la comida ritual en la que los indios charrúas se manducaron a Solís y los suyos fue un mensaje con un premonitorio significado: nada de lo que parece es como es, y, enseñanza principal, las fantasías adelantadas serían continuamente devoradas por una realidad despiadada, paridora de una violencia mítica, de una violencia más allá de toda violencia, suerte de maldición de aquella cultura que sería violentamente erradicada de estas tierras sureñas. El destino antropofágico de Solís puede ser leído como un adelanto de lo que vendría después: los habitantes de estas geografías seguirían devorándose los unos a los otros sin misericordia pero declarándose portadores de valores altruistas. Tal vez algo de esa violencia originaria, de ese más allá de la violencia que culmina en banquete antropofágico en el que el muerto pasa al vivo y este, aunque no lo sepa, terminará por devolverle a su víctima el impulso hacia una destrucción innombrable, haya marcado el destino argentino, esa permanencia de lo siniestro y ese ir con satisfacción nunca desmentida hacia el ejercicio de la guerra y de la muerte. Los primeros en llegar creyeron que estaban posando sus pies en la tierra de la plata y se encontraron con una realidad terrorífica que, sin embargo, apenas sí alcanzó a convertirse en leyenda para ser nuevamente reemplazada por la ficción de riquezas inconmensurables que estaban esperando a su descubridor. Sobre ese equívoco se levantó la fragilidad de un país que desde siempre creyó que era dueño de aquello que, en verdad, pertenecía al orden de lo imaginario pero que, sin embargo, permitió definir el horizonte de una supuesta grandeza nacional cuyo punto de partida se guardaría para siempre en la extrañeza de su nombre fabuloso: Argentina, el país de la plata, bañado por un inmenso río de agua dulce, asociado él también a la mineralogía platífera.
2
El origen siempre permanece agazapado en los pliegues del olvido; su im¬pronta se deja borrar en la superficie para continuar ejerciendo su trabajo en el secreto de lo indecible, en esas zonas oscuras por las que nadie desea transitar y a las que se prefiere sellar de una vez para siempre. No se trata de recorrer la historia argentina desde un esencialismo clausurante, tampoco quiero repetir algunas páginas memorables de Martínez Estrada en las que su radiografía de un país desfondado alcanzó un punto insuperable prohibiendo, para los que vinimos después, una escritura ya escrita y cuya reiteración no sería otra cosa que imposible plagio. El pasado está allí, su silueta sigue hostigando la olvidadiza conciencia de los vivos que, sin saberlo, continúan presos de esas marcas del origen que regresan multiplicando sus desmesuras. Porque esa es probablemen¬te la cuestión que nos atormenta y a la que no le encontramos respuesta: todo en nuestra geografía se vuelve extremo y desmesurado, cada acto, cada gesto, cada acontecimiento funda una experiencia del límite que suele concluir con su rebasamiento> con una inusitada violencia destructiva que acaba por devorar sueños y ruindades, maquiavelismos y esperanzas, clausurando todo aquello que se mostraba como portador de un futuro distinto. Lo único que parece perdurar más allá de todo es la propia desmesura, ese modo tan argentino de quemar las naves sin nada a cambio.
Sufrimos la tentación del olvido. Es una de las paradojas de nuestra historia estar siempre recordando lo que olvidamos, y olvidando lo que recordamos. El pasado está allí, sus recurrencias nos atormentan del mismo modo que no entendemos por qué extraño sortilegio aquello que fuimos ha quedado sellado de una vez y para siempre en lo irreconocible de un presente que ha sabido clausurar lo que en otro tiempo imaginamos ser. ¿Tal vez estemos cansados de esas recurrencias? ¿Será el olvido una cura indispensable si es que todavía nos queda alguna chance de sortear la decadencia que parece irreversible? ¿Acaso la Argentina no ha podido sacarse de encima los fantasmas que desde siempre la acosan impidiendo su crecimiento? Sería fácil, hasta pueril, apelar a la desdicha de una historia que siempre regresa sobre nosotros atormentando el presente; sería vano echarle la culpa a un pasado que insiste en retornar recordándonos las deudas impagas... Y, sin embargo, no es posible entender nuestras miserias actuales si no giramos el rostro hacia esas otras napas de una historia que se niega a abandonar la escena de un tiempo, el nuestro, que gira alocadamente hacia su propia descomposición.
3
La década menemista constituyó un esfuerzo por vaciar el pasado, por huir hacia adelante dejando atrás el lastre de otro país que sería sistemáticamente desmontado. Veníamos de una historia oscura y traumática que no había podido ser curada por la promesa democrática de la cual fue portador el alfonsinismo en aquellos años iniciales en los que una extraña paradoja se encarnó en el cuerpo social: la piedad y la autoconmiseración recorrió la sociedad salvándola de sus pro¬pias responsabilidades, acallando las exigencias de los gritos que venían del fondo de la noche pero que en esos años virginales no querían ser escuchados, o, en el mejor de los casos, solo podían ser comprendidos desde una lógica dualista en la que el bien, restaurado, se enfrentaba, con las armas del Estado de derecho, a las aberraciones del mal dictatorial. En un giro espectacular, casi recién salidos de la fiesta malvinera, grandes porciones de la sociedad nacional se desentendieron de sus complicidades, hicieron borrón y cuenta nueva de sus antiguas pertenencias y sus recientes bajezas, para convertirse en entusiastas defensores de la democracia recobrada. De "la República perdida" a "la teoría de los dos demonios", se instituyó un relato autoexculpatorio en el que solo quedaban en el centro de la escena del mal militares y guerrilleros, demonios de una historia sangrienta que utilizaron el ingenuo e inocente cuerpo de los argentinos como campo de batalla. El retor¬no a la democracia, hijo del fraude y la desilución acrítica del fervor patriótico traicionado, convirtió en trauma -es decir, lo "olvidó"-, aquello que había herido dramáticamente las entrañas más profundas y esenciales de la sociedad. Creyó que se podía clausurar la historia; que un juicio, al que hay que reconocerle su importancia histórica y su inicial alcance reparador, podía, a través de algunas condenas ejemplares, cerrar el expediente judicial de un drama que seguiría mar¬tirizando la memoria aunque esta hiciera esfuerzos descomunales por hacer ese pasaje al olvido que, como dijera uno de nuestros filósofos vernáculos apurado a que se olvidara su propia participación en los años de la dictadura, constituye un camino imprescindible si se busca reconstruir el destino nacional. Los radicales, que todo lo hacen a medias, dejaron los cosas sin resolver, las llagas a flor de piel, creyendo que lo legal alcanza para suturar las heridas de un mal que, con el correr del tiempo, mostraría toda su intensidad corrosiva.
Una violencia inaudita pudo ser "procesada" por la sociedad, o al menos eso creyeron los artífices del retorno a la democracia, adalides de las artes mágicas del formalismo capaces de clausurar el recuerdo del terror a través de la supuesta refundación republicana, que supo encontrar en los juegos del lenguaje y en ins¬piraciones contractualistas la quimera de un tiempo nuevo e incontaminado por ese pasado ominoso que ya no regresaría para atormentar la conciencia de una época indulgente consigo misma. El salto al vacío de Semana Santa no fue otra cosa que la revancha de lo reprimido, de ese olvidado que, saltando por la falacia de los formalismos, se hizo presente en aquel país que había decretado el pasaje a otra historia. ¿Hubo traición en el "felices pascuas" de Alfonsín? ¿Traición a quiénes? ¿Pudo haber constituido una oportunidad para instalar sin medias tintas el debate sobre la memoria y las responsabilidades en el seno de una sociedad que había optado por el olvido? Tal vez, o quizás Alfonsín no hizo otra cosa que poner en acto aquello que había habitado el fondo de la conciencia argentina, que siempre prefirió negociar sus oscuras acciones, esas miserabilidades a las que hemos sido tan afectos a lo largo del tiempo y como modo de evadir compromisos y agachadas, o, también, en el momento de avalar giros repentinos en nuestras convicciones ideológicas y políticas. En todo caso, un segmento importante de la sociedad quería recordar pero sin que ese recuerdo la traumatizara ni tuviera que pagar sus pesados costos. Surgió, en particular en ciertos círculos progresistas, la peregrina idea de hacer de ese pasado una suerte de bestiario de todos los males allí donde lo que se recordaba era la relación entre violencia y política, tratando de limpiar el presente de aquellos lastres de una época a la que se quizo demonizar como paso previo a su encriptamiento. El presente fue reivindicado ante lo ominoso de un tiempo del que solo podríamos recobrarnos señalando sus fanatismos, el enloquecimiento de discursos y prácticas que desconocieron las aguas reparadoras de la democracia. Buenas y bellas conciencias que preferían leer el pasado desde la certeza, no siem¬pre confesada, de que ahora eramos mucho mejores de lo que fuimos. Las mieles iniciales de la transición democrática, el fervor de recién llegado que despertó el alfonsinismo, el deseo compartido de escapar de una vez por todas a esa Argentina atrapada en la repetición, posibilitaron la autoindulgencia de quienes habían sido cómplices y también de aquellos otros que preferían iniciar el giro de los tiempos expurgados de sus antiguas pertenecías, purificados de ideas enlodadas de las que no querían saber más nada. Fue la época del fervor democrático, del descubrimiento exaltado del republicanismo y del apresurado borramiento de viejas palabras que no podían seguir persistiendo en medio de la exaltación de una nueva experiencia de la libertad. ¿Fue acaso una sorpresa que a esa nueva y prístina versión de de¬mocracia le sucediera, sin tocar los derechos y las libertades conquistadas, la época del menemismo? ¿No fue acaso ese giro hacia las demandas del mercado y de los nuevos aires de la economía mundial la consecuencia lógica de la clausura de lo social operada por la etapa anterior? ¿No se enfervorizó el discurso progresista con esa versión depurada de la democracia que se vio obligada a pagar el precio del abandono de aquellos principios alrededor de los que se articularon, en el pasado, la práctica y la identidad de ese mismo pensamiento supuestamente emancipatorio? ¿No fue Menem quien leyó con astucia el deseo inconfesado de los argentinos de hacer tabula rasa con el pasado para incorporarse de lleno en el tren de los vence¬dores? ¿A quién no le compró el alma el menemismo? ¿Quién dejó acaso de hacer pingües negocios con la cómoda postura de seguir siendo almas bellas mientras se disfrutaba de las mieles de la convertibilidad?
Recién ahora, cuando las insopor¬tables imágenes de la miseria desbordan el formato televisivo y se convierten en nuestro paisaje cotidiano, parece querer regresar la cuestión de la inequidad; ahora algunos intelectuales descubren, con el horror del que acaba de despabilarse, que la Argentina ha transitado hacia la brutalidad consumada del capitalismo que en estas zonas marginales del mundo asume los rasgos de la rapiña y la destrucción social. Hemos hecho el pasaje sin anestesia hacia América Latina; descubrimos que esa comunidad de destino de la que denodadamente quisimos huir ha acabado por realizarse en un presente hastiado y desolado en el que nuestro país ha arrojado por la borda de los desperdicios todos aquellos rasgos del pasado que le habían permitido sustraerse, en un principio, a ese destino "sudamericano".
El menemismo fue la última fantasía de una sociedad que anhelaba lo que ya no era y deseaba ser lo que le resultaría imposible ser. Para lanzarse a la aventura primermundista fue necesario desmontar los recuerdos y las presencias de una tra¬ma cultural, social y económica que insistía con devolvernos las imágenes, aunque cada vez más gastadas, de aquel otro país que ya no tenía nada que hacer en el nuevo proyecto que nos regresaría de una vez y para siempre a nuestro destino de grandeza. Muchos de los caceroleros que salieron a expresar su indignación ante la expropiación salvaje de sus ahorros constituyeron esa masa de votantes que por dos veces expresó su conformidad, y hasta su fascinación, con la Argentina de las "rela¬ciones carnales". No cabe duda que la década de los noventa desplegó un proyecto económico cuyo punto de partida fue la hiperinflación, esa otra marca del horror que atravesó el cuerpo argentino poniéndolo en disponibilidad para hacer con él cualquier cosa. Durante diez años, el simple recuerdo del terror económico, de esa trituradora inflacionaria que asoló el final del gobierno alfonsinista, hizo posible y deseable la instalación de un modelo neoliberal capaz de transformar de cuajo ese viejo país que ya no había sabido proteger a sus ciudadanos de las tempestades que se desataban en el nuevo giro de los tiempos.
El efecto de la hiperinflación que asoló los cuerpos y quebró definitivamente el tejido social, que ya había sido malherido durante los años de la dictadura, se conjugó con el abrumador dominio de un discurso economicista que, montado sobre la crisis y la bancarrota de los proyectos emancipatorios, acabó por constituirse en la única palabra legítima e incuestionable, en la llave maestra para devolver a Argentina al mundo y alcanzar una quimérica prosperidad desde siempre anunciada y prometida. Los economistas se hicieron cargo de la escena, ocupando cada uno de los rincones, hablando incesantemente y postulando la inexorable verdad de sus enunciados. Se convirtieron en los detentadores de la última palabra, en los árbitros de nuestras vidas, en los únicos que podrían develar los misterios de el sentido de tan colosales cambios. En la Argentina este proceso mundial, ligado también a la caída de la Unión Soviética y el desmantelamiento final del modelo socialista como alternativa cierta al capitalismo hegemonizado por los Estados Unidos, adquirió rasgos extremos, más extremos que en otros países, quizás im¬pulsado por las marcas profundas del doble terror al que fue sometida la sociedad. Lo cierto es que una voz única desbordó nuestro horizonte y logró que en todos estos años no hubiera prácticamente lugar para ninguna alternativa renovadora. Desvanecidos los sueños de la revolución, agotada la experiencia frustrante del alfonsinismo, un nuevo progresismo se instaló en el escenario nacional: exigía transparencia, no hablaba del sistema capitalista como núcleo de la desigualdad y la opresión, prefería ejercer la política desde sede judicial, asociándose a la nueva estrella de la época: el periodista; optó por adherir a un modelo socialdemocrático que desde Europa venía a reemplazar a las antiguas quimeras igualitaristas pero que acabó realizando todas las tareas promovidas por el giro neoliberal; a ese pro¬gresismo le pareció que lo económico pertenecía a una esfera cuasi mágica en la que la palabra dominante era "inexorabilidad", que hacia el final de los noventa se asociaría con ese otro fantasma imposible de comprender: la globalización. Lo cierto es que ese pasaje de la política a expediente judicial, las infinitas denuncias de corrupción que se volvieron un extraordinario negocio mediático, la putrefac¬ción de una clase política definitivamente lanzada al saqueo de los bienes públicos, no hizo más que profundizar el salto al vacío de una sociedad carente de recursos simbólicos para hacerle frente a una descomposición generalizada que no solo involucra a los detentadores del poder sino que también atraviesa a sus opositores. Literalmente la metáfora cacerolera vino a expresar ese grito primario de aquel que había perdido el habla.
“El laberinto de las voces argentinas” Ricardo Forster. Noviembre 2008. Ediciones Colihue
(ARGENTINA: MÁS ALLÁ DEL DESENCANTO)
1
Las sombras últimas del desencanto van cayendo sobre los restos de un país que se imaginó a sí mismo habitando un futuro promisorio, de un país que se lanzó a la historia sintiéndose portador de una promesa cuyo cumplimiento estaba garantizado más allá de las circunstancias y de los acontecimientos. El mismo devenir iría realizando ese destino escrito desde los orígenes dándole forma al país soñado mucho antes siquiera de que los primeros trazos de su formulación hubieran sido diseñados en los albores de su derrotero por el tiempo. Un país vuelto futuro sin haber consolidado su pasado, desbordado de seguridad en sí mismo aún cuando las peripecias de su desarrollo le estuvieran marcando las alertas que no estaba en condiciones de advertir, y mucho menos de pensar. Desde ese estado de gestación, allí donde en medio de una nada ejemplar se instaló la certeza de un futuro, la Argentina se vislumbró desde su etimológica riqueza fantasmagórica que, pecado de inicio, destacaba un extraordinario equívoco: la plata estaba en otro lado. Es decir, en el descubrimiento-fundación se levantó el mito de una riqueza inconmensurable a la que solo había que recoger. Extraña geografía cuya desolación escondía, para el ojo atento, aquel que alimenta sabia¬mente la imaginación, los increíbles tesoros de una Atlántida perdida y por fin encontrada. Literalmente fuimos hijos de un mito que definió, desde el comienzo, la orientación de nuestro derrotero, clavando, allí donde todavía todo estaba por hacerse, la puñalada de una riqueza fundacional que, con el tiempo, se convertiría en una herida envenenada. Fuimos ricos antes de serlo, imaginamos una cuna de oro que garantizaría la vida de las generaciones venideras, las que simplemente tendrían que aprovechar lo que desde siempre estuvo aquí, casi al alcance de la mano, a la espera de aquellos que sabrían recoger lo que los nativos, borrados, no supieron recoger (en su salvajismo vivían encima de un tesoro sin siquiera saberlo). Los fantasmas de la imaginación se adelantaron a los primeros viajeros¬aventureros-conquistadores que llegaron a estas costas, y antes de que pusieran un pie en tierra ya habían determinado lo que iban a encontrar; e inclusive cuando la desolación se les apareció con toda su crudeza siguieron dándole cauce a las mieles de esas fantasías desbordantes de oro y plata que les habían precedido. Los primeros sortilegios alegraron sus corazones al comprobar que existía un mar de agua dulce y que esa presencia de lo inconcebible no podía tener otra significación que la existencia, en las entrañas de esas costas inéditas, de riquezas inimaginables. La dulzura del agua presagiaba el brillo de los metales preciosos. Lo que Solís no imaginó era que en una de las márgenes de ese río-mar edénico lo estaría esperando el ritual primitivo de una muerte canibalezca. Paradoja del comienzo: el dulzor del agua se convertiría en el amargor de una pesadilla antropofágica. El primer portador de un sueño que llegó a estas tierras lejanas terminaría alimentando a los habitantes de un tiempo mítico, cuyo primitivismo adquiría la forma salvaje del canibalismo. Solís y algunos de los suyos serían el último acto de resistencia de una cultura a la que le esperaba, en un futuro muy próximo, la muerte inexorable. Encuentro fallido de un discurso desbordado de fantasías, que encontraba lo que previamente había decidido que encontraría, y el resto de un mundo en retirada que, como gesto de despedida y de anticipa¬ción, devoraría al sujeto de la ilusión. En la margen oriental del río-mar fueron devoradas las primeras esperanzas que se posaron sobre estas tierras despojadas, en verdad, de cualquier atisbo de riqueza. Quizás lo que no comprendieron los que vinieron después es que la comida ritual en la que los indios charrúas se manducaron a Solís y los suyos fue un mensaje con un premonitorio significado: nada de lo que parece es como es, y, enseñanza principal, las fantasías adelantadas serían continuamente devoradas por una realidad despiadada, paridora de una violencia mítica, de una violencia más allá de toda violencia, suerte de maldición de aquella cultura que sería violentamente erradicada de estas tierras sureñas. El destino antropofágico de Solís puede ser leído como un adelanto de lo que vendría después: los habitantes de estas geografías seguirían devorándose los unos a los otros sin misericordia pero declarándose portadores de valores altruistas. Tal vez algo de esa violencia originaria, de ese más allá de la violencia que culmina en banquete antropofágico en el que el muerto pasa al vivo y este, aunque no lo sepa, terminará por devolverle a su víctima el impulso hacia una destrucción innombrable, haya marcado el destino argentino, esa permanencia de lo siniestro y ese ir con satisfacción nunca desmentida hacia el ejercicio de la guerra y de la muerte. Los primeros en llegar creyeron que estaban posando sus pies en la tierra de la plata y se encontraron con una realidad terrorífica que, sin embargo, apenas sí alcanzó a convertirse en leyenda para ser nuevamente reemplazada por la ficción de riquezas inconmensurables que estaban esperando a su descubridor. Sobre ese equívoco se levantó la fragilidad de un país que desde siempre creyó que era dueño de aquello que, en verdad, pertenecía al orden de lo imaginario pero que, sin embargo, permitió definir el horizonte de una supuesta grandeza nacional cuyo punto de partida se guardaría para siempre en la extrañeza de su nombre fabuloso: Argentina, el país de la plata, bañado por un inmenso río de agua dulce, asociado él también a la mineralogía platífera.
2
El origen siempre permanece agazapado en los pliegues del olvido; su im¬pronta se deja borrar en la superficie para continuar ejerciendo su trabajo en el secreto de lo indecible, en esas zonas oscuras por las que nadie desea transitar y a las que se prefiere sellar de una vez para siempre. No se trata de recorrer la historia argentina desde un esencialismo clausurante, tampoco quiero repetir algunas páginas memorables de Martínez Estrada en las que su radiografía de un país desfondado alcanzó un punto insuperable prohibiendo, para los que vinimos después, una escritura ya escrita y cuya reiteración no sería otra cosa que imposible plagio. El pasado está allí, su silueta sigue hostigando la olvidadiza conciencia de los vivos que, sin saberlo, continúan presos de esas marcas del origen que regresan multiplicando sus desmesuras. Porque esa es probablemen¬te la cuestión que nos atormenta y a la que no le encontramos respuesta: todo en nuestra geografía se vuelve extremo y desmesurado, cada acto, cada gesto, cada acontecimiento funda una experiencia del límite que suele concluir con su rebasamiento> con una inusitada violencia destructiva que acaba por devorar sueños y ruindades, maquiavelismos y esperanzas, clausurando todo aquello que se mostraba como portador de un futuro distinto. Lo único que parece perdurar más allá de todo es la propia desmesura, ese modo tan argentino de quemar las naves sin nada a cambio.
Sufrimos la tentación del olvido. Es una de las paradojas de nuestra historia estar siempre recordando lo que olvidamos, y olvidando lo que recordamos. El pasado está allí, sus recurrencias nos atormentan del mismo modo que no entendemos por qué extraño sortilegio aquello que fuimos ha quedado sellado de una vez y para siempre en lo irreconocible de un presente que ha sabido clausurar lo que en otro tiempo imaginamos ser. ¿Tal vez estemos cansados de esas recurrencias? ¿Será el olvido una cura indispensable si es que todavía nos queda alguna chance de sortear la decadencia que parece irreversible? ¿Acaso la Argentina no ha podido sacarse de encima los fantasmas que desde siempre la acosan impidiendo su crecimiento? Sería fácil, hasta pueril, apelar a la desdicha de una historia que siempre regresa sobre nosotros atormentando el presente; sería vano echarle la culpa a un pasado que insiste en retornar recordándonos las deudas impagas... Y, sin embargo, no es posible entender nuestras miserias actuales si no giramos el rostro hacia esas otras napas de una historia que se niega a abandonar la escena de un tiempo, el nuestro, que gira alocadamente hacia su propia descomposición.
3
La década menemista constituyó un esfuerzo por vaciar el pasado, por huir hacia adelante dejando atrás el lastre de otro país que sería sistemáticamente desmontado. Veníamos de una historia oscura y traumática que no había podido ser curada por la promesa democrática de la cual fue portador el alfonsinismo en aquellos años iniciales en los que una extraña paradoja se encarnó en el cuerpo social: la piedad y la autoconmiseración recorrió la sociedad salvándola de sus pro¬pias responsabilidades, acallando las exigencias de los gritos que venían del fondo de la noche pero que en esos años virginales no querían ser escuchados, o, en el mejor de los casos, solo podían ser comprendidos desde una lógica dualista en la que el bien, restaurado, se enfrentaba, con las armas del Estado de derecho, a las aberraciones del mal dictatorial. En un giro espectacular, casi recién salidos de la fiesta malvinera, grandes porciones de la sociedad nacional se desentendieron de sus complicidades, hicieron borrón y cuenta nueva de sus antiguas pertenencias y sus recientes bajezas, para convertirse en entusiastas defensores de la democracia recobrada. De "la República perdida" a "la teoría de los dos demonios", se instituyó un relato autoexculpatorio en el que solo quedaban en el centro de la escena del mal militares y guerrilleros, demonios de una historia sangrienta que utilizaron el ingenuo e inocente cuerpo de los argentinos como campo de batalla. El retor¬no a la democracia, hijo del fraude y la desilución acrítica del fervor patriótico traicionado, convirtió en trauma -es decir, lo "olvidó"-, aquello que había herido dramáticamente las entrañas más profundas y esenciales de la sociedad. Creyó que se podía clausurar la historia; que un juicio, al que hay que reconocerle su importancia histórica y su inicial alcance reparador, podía, a través de algunas condenas ejemplares, cerrar el expediente judicial de un drama que seguiría mar¬tirizando la memoria aunque esta hiciera esfuerzos descomunales por hacer ese pasaje al olvido que, como dijera uno de nuestros filósofos vernáculos apurado a que se olvidara su propia participación en los años de la dictadura, constituye un camino imprescindible si se busca reconstruir el destino nacional. Los radicales, que todo lo hacen a medias, dejaron los cosas sin resolver, las llagas a flor de piel, creyendo que lo legal alcanza para suturar las heridas de un mal que, con el correr del tiempo, mostraría toda su intensidad corrosiva.
Una violencia inaudita pudo ser "procesada" por la sociedad, o al menos eso creyeron los artífices del retorno a la democracia, adalides de las artes mágicas del formalismo capaces de clausurar el recuerdo del terror a través de la supuesta refundación republicana, que supo encontrar en los juegos del lenguaje y en ins¬piraciones contractualistas la quimera de un tiempo nuevo e incontaminado por ese pasado ominoso que ya no regresaría para atormentar la conciencia de una época indulgente consigo misma. El salto al vacío de Semana Santa no fue otra cosa que la revancha de lo reprimido, de ese olvidado que, saltando por la falacia de los formalismos, se hizo presente en aquel país que había decretado el pasaje a otra historia. ¿Hubo traición en el "felices pascuas" de Alfonsín? ¿Traición a quiénes? ¿Pudo haber constituido una oportunidad para instalar sin medias tintas el debate sobre la memoria y las responsabilidades en el seno de una sociedad que había optado por el olvido? Tal vez, o quizás Alfonsín no hizo otra cosa que poner en acto aquello que había habitado el fondo de la conciencia argentina, que siempre prefirió negociar sus oscuras acciones, esas miserabilidades a las que hemos sido tan afectos a lo largo del tiempo y como modo de evadir compromisos y agachadas, o, también, en el momento de avalar giros repentinos en nuestras convicciones ideológicas y políticas. En todo caso, un segmento importante de la sociedad quería recordar pero sin que ese recuerdo la traumatizara ni tuviera que pagar sus pesados costos. Surgió, en particular en ciertos círculos progresistas, la peregrina idea de hacer de ese pasado una suerte de bestiario de todos los males allí donde lo que se recordaba era la relación entre violencia y política, tratando de limpiar el presente de aquellos lastres de una época a la que se quizo demonizar como paso previo a su encriptamiento. El presente fue reivindicado ante lo ominoso de un tiempo del que solo podríamos recobrarnos señalando sus fanatismos, el enloquecimiento de discursos y prácticas que desconocieron las aguas reparadoras de la democracia. Buenas y bellas conciencias que preferían leer el pasado desde la certeza, no siem¬pre confesada, de que ahora eramos mucho mejores de lo que fuimos. Las mieles iniciales de la transición democrática, el fervor de recién llegado que despertó el alfonsinismo, el deseo compartido de escapar de una vez por todas a esa Argentina atrapada en la repetición, posibilitaron la autoindulgencia de quienes habían sido cómplices y también de aquellos otros que preferían iniciar el giro de los tiempos expurgados de sus antiguas pertenecías, purificados de ideas enlodadas de las que no querían saber más nada. Fue la época del fervor democrático, del descubrimiento exaltado del republicanismo y del apresurado borramiento de viejas palabras que no podían seguir persistiendo en medio de la exaltación de una nueva experiencia de la libertad. ¿Fue acaso una sorpresa que a esa nueva y prístina versión de de¬mocracia le sucediera, sin tocar los derechos y las libertades conquistadas, la época del menemismo? ¿No fue acaso ese giro hacia las demandas del mercado y de los nuevos aires de la economía mundial la consecuencia lógica de la clausura de lo social operada por la etapa anterior? ¿No se enfervorizó el discurso progresista con esa versión depurada de la democracia que se vio obligada a pagar el precio del abandono de aquellos principios alrededor de los que se articularon, en el pasado, la práctica y la identidad de ese mismo pensamiento supuestamente emancipatorio? ¿No fue Menem quien leyó con astucia el deseo inconfesado de los argentinos de hacer tabula rasa con el pasado para incorporarse de lleno en el tren de los vence¬dores? ¿A quién no le compró el alma el menemismo? ¿Quién dejó acaso de hacer pingües negocios con la cómoda postura de seguir siendo almas bellas mientras se disfrutaba de las mieles de la convertibilidad?
Recién ahora, cuando las insopor¬tables imágenes de la miseria desbordan el formato televisivo y se convierten en nuestro paisaje cotidiano, parece querer regresar la cuestión de la inequidad; ahora algunos intelectuales descubren, con el horror del que acaba de despabilarse, que la Argentina ha transitado hacia la brutalidad consumada del capitalismo que en estas zonas marginales del mundo asume los rasgos de la rapiña y la destrucción social. Hemos hecho el pasaje sin anestesia hacia América Latina; descubrimos que esa comunidad de destino de la que denodadamente quisimos huir ha acabado por realizarse en un presente hastiado y desolado en el que nuestro país ha arrojado por la borda de los desperdicios todos aquellos rasgos del pasado que le habían permitido sustraerse, en un principio, a ese destino "sudamericano".
El menemismo fue la última fantasía de una sociedad que anhelaba lo que ya no era y deseaba ser lo que le resultaría imposible ser. Para lanzarse a la aventura primermundista fue necesario desmontar los recuerdos y las presencias de una tra¬ma cultural, social y económica que insistía con devolvernos las imágenes, aunque cada vez más gastadas, de aquel otro país que ya no tenía nada que hacer en el nuevo proyecto que nos regresaría de una vez y para siempre a nuestro destino de grandeza. Muchos de los caceroleros que salieron a expresar su indignación ante la expropiación salvaje de sus ahorros constituyeron esa masa de votantes que por dos veces expresó su conformidad, y hasta su fascinación, con la Argentina de las "rela¬ciones carnales". No cabe duda que la década de los noventa desplegó un proyecto económico cuyo punto de partida fue la hiperinflación, esa otra marca del horror que atravesó el cuerpo argentino poniéndolo en disponibilidad para hacer con él cualquier cosa. Durante diez años, el simple recuerdo del terror económico, de esa trituradora inflacionaria que asoló el final del gobierno alfonsinista, hizo posible y deseable la instalación de un modelo neoliberal capaz de transformar de cuajo ese viejo país que ya no había sabido proteger a sus ciudadanos de las tempestades que se desataban en el nuevo giro de los tiempos.
El efecto de la hiperinflación que asoló los cuerpos y quebró definitivamente el tejido social, que ya había sido malherido durante los años de la dictadura, se conjugó con el abrumador dominio de un discurso economicista que, montado sobre la crisis y la bancarrota de los proyectos emancipatorios, acabó por constituirse en la única palabra legítima e incuestionable, en la llave maestra para devolver a Argentina al mundo y alcanzar una quimérica prosperidad desde siempre anunciada y prometida. Los economistas se hicieron cargo de la escena, ocupando cada uno de los rincones, hablando incesantemente y postulando la inexorable verdad de sus enunciados. Se convirtieron en los detentadores de la última palabra, en los árbitros de nuestras vidas, en los únicos que podrían develar los misterios de el sentido de tan colosales cambios. En la Argentina este proceso mundial, ligado también a la caída de la Unión Soviética y el desmantelamiento final del modelo socialista como alternativa cierta al capitalismo hegemonizado por los Estados Unidos, adquirió rasgos extremos, más extremos que en otros países, quizás im¬pulsado por las marcas profundas del doble terror al que fue sometida la sociedad. Lo cierto es que una voz única desbordó nuestro horizonte y logró que en todos estos años no hubiera prácticamente lugar para ninguna alternativa renovadora. Desvanecidos los sueños de la revolución, agotada la experiencia frustrante del alfonsinismo, un nuevo progresismo se instaló en el escenario nacional: exigía transparencia, no hablaba del sistema capitalista como núcleo de la desigualdad y la opresión, prefería ejercer la política desde sede judicial, asociándose a la nueva estrella de la época: el periodista; optó por adherir a un modelo socialdemocrático que desde Europa venía a reemplazar a las antiguas quimeras igualitaristas pero que acabó realizando todas las tareas promovidas por el giro neoliberal; a ese pro¬gresismo le pareció que lo económico pertenecía a una esfera cuasi mágica en la que la palabra dominante era "inexorabilidad", que hacia el final de los noventa se asociaría con ese otro fantasma imposible de comprender: la globalización. Lo cierto es que ese pasaje de la política a expediente judicial, las infinitas denuncias de corrupción que se volvieron un extraordinario negocio mediático, la putrefac¬ción de una clase política definitivamente lanzada al saqueo de los bienes públicos, no hizo más que profundizar el salto al vacío de una sociedad carente de recursos simbólicos para hacerle frente a una descomposición generalizada que no solo involucra a los detentadores del poder sino que también atraviesa a sus opositores. Literalmente la metáfora cacerolera vino a expresar ese grito primario de aquel que había perdido el habla.
“El laberinto de las voces argentinas” Ricardo Forster. Noviembre 2008. Ediciones Colihue
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